la destrucción de la tradición
La destrucción de la tradición.
La transición española precisó para legitimarse de un voluntario ejercicio de amnesia colectiva. La desmemoria no sólo borró el origen de cuántos se precipitaron a sentarse en los escaños del parlamento, sino que afectó también a la cultura. Para que Almodóvar pudiera pasar por un gran director de cine, para que Almudena Grandes y Elvira Lindo pasaran por escritoras y Muñoz Molina por un gran escritor, hubo que arramblar con una memoria cuya referencia ponía en evidencia la supuesta calidad de los nuevos creadores que, amparados por la propaganda política y comercial y al socaire de lo políticamente correcto, hacían carrera al tiempo que descubrían el placer de la fama maquillados con los afeites y el salvoconducto de voceros literarios a sueldo de periódicos y editoras que hoy, sin escándalo alguno, pasan por críticos. No se trataba del ideal republicano de elevar el pueblo a la cultura, sino de degradar el gusto como se ha logrado atrofiar el paladar para que nos nutriéramos de comida basura y la celebráramos como el más exquisito de los manjares. Futbolistas que sin cumplir los treinta años escribían sus memorias, periodistas que sin apenas saber hablar, de la noche a la mañana, veíamos estupefactos cómo les publicaban novelas y ensayos. Y, a la vez, profesores de universidad que no tenían empacho en aparecer repartiendo trivialidades en programas gallinero so pretexto de divulgar el presunto saber del que eran portadores. La impostura y el mercadeo erigidos en patrones. La corte, el escaparate y la prostitución del espíritu erigidos en modelos. ¿Es de extrañar que autores como Azorín, Unamuno, Baroja, María Zambrano, sean desconocidos por los jóvenes españoles que, eso si, reciben un bachillerato bilingüe que, les permite trastabillar en inglés y chapurrear su lengua materna? .Qué los poemas de José Angel Valente o los cuentos de Fernando Aramburu sean desconocidos, incluso por profesores de literatura , al tiempo que se insta a la lectura de autores menores o se disuade de la lectura de los clásicos pretextando que son demasiado “complicados” o “aburridos”, apenas ya es motivo de queja en el consenso y la dictadura de la mediocridad que reina en España. El que una generación tenga el deber de transmitir una herencia a sus hijos y éstos el deber de esforzarse por recoger, comprender y recrear lo transmitido apenas merece consideración alguna. Cuanto mas se apoderan la mentira, la nulidad y la corrupción del espacio público, mas énfasis se pone en la llamada “ “educación en valores”. Valores, de los que, por cierto apenas se dice nada salvo vaguedades. ¿Acaso son el amor por la verdad, la belleza y el bien?. Imposible. Su difusión provocaría el hundimiento de la oligarquía de partidos y el desprestigio inmediato de lo que hoy pasa por cultura.
El envilecimiento ha llegado a tal punto que es casi imposible emprender algo sensato, por pequeño que sea, sin que a uno le tachen de loco o de radical. Y de locos o de radicales parece hoy recuperar el saber de la tradición y transmitirlo. Ese saber que no toleraría siquiera un momento más que una caterva de nulidades arruinase mas a nuestro país, y que un conjunto de vanidades engalanadas de subvenciones ,premios y promoción, fueran erigidos en los máximos referentes de nuestra cultura. Pues esa es la auténtica alianza que ha hecho posible la ruina económica y moral en que hoy vivimos.
Javier Estangüi Ortega