historias que invitan a pensar 35
Historias que invitan a pensar (35)
Niko Kazantzakis en su libro de recuerdos “Carta al Greco” rescata de sus años escolares la siguiente historia. “Mi mente se llenó un día de tanta audacia que concebí una decisión temeraria: la de escribir junto a cada palabra francesa del diccionario la palabra griega correspondiente…cuando por fin acabé mi tarea y el diccionario estuvo traducido, se lo llevé, muy ufano, al director de la escuela, el Padre Lorenzo…Tomó el diccionario, lo hojeó, me miró con admiración y colocó su mano sobre mi cabeza como si quisiera bendecirme:
-Lo que tu has hecho, pequeño cretense-me dijo-, muestra que algún día llegarás a ser un gran personaje. Feliz de ti que has encontrado tan joven tu camino. Este es tu camino: el estudio. Recibe mi bendición.
Muy orgulloso de mi , corrí a ver al subdirector, el Padre Leliévre…Todos los fines de semana nos llevaba de excursión al campo, a un jardín de la escuela, y allí, liberados del Padre Lorenzo , luchábamos todos juntos, reíamos, comíamos frutas, rodábamos por el pasto, nos aligerábamos del peso dela semana.
Corrí pues a ver la Padre Leliévre para mostrarle mi obra maestra…Tomó mi diccionario, volvió lentamente las páginas; a medida que lo miraba su semblante enrojecía. De pronto levantó el diccionario y me lo arrojó a la cara:
-¿No tienes vergüenza?-me gritó-¿eres un niño o un viejo?. ¿Cómo pierdes tu tiempo en un trabajo de viejo?. ¡En vez de jugar, de reir, de mirar por la ventana a las niñas que pasan, te quedas sentado como un viejo chocho y traduces diccionarios!¡Vete!.¡No quiero verte!. Si sigues ese camino nunca llegarás a ser alguien, serás un pobre instructor, un jorobadito con anteojos. Si eres un verdadero cretense, quema ese maldito diccionario y tráeme las cenizas. Entonces te daré mi bendición. Reflexiona bien lo que vas a hacer. ¡Vete!.
Me fui completamente azorado. ¿Quién tenía razón, qué hacer, cuál de los dos caminos era el bueno?. Esto me atormentó durante años; y cuando encontré el buen camino, mis cabellos ya estaban grises…mi corazón iba y venía indeciso como el asno de Buridán. Miré el diccionario, las palabras griegas estaban escritas con tinta roja, con letras pequeñitas en el margen. Recordaba las palabras del Padre Leliévre y mi corazón se destrozaba: no, no, no tenía valor para quemarlo y llevarle las cenizas. Más tarde, muchos años después, cuando empecé a comprender, lo arrojé al fuego. Pero no he recogido sus cenizas…”.
Las voces opuestas que nos vivifican, la contradicción que al cabo de los años se convierte en polaridad merced a la obra de la vida. El desgarramiento transmutado en impulso sin el cual la inercia se apodera de nosotros y nos adormece. La reconciliación en la vida y en la obra no como resultado de la componenda ni del acallamiento de las voces contrarias, sino como la comprensión de que tras las máscaras de los que parecen enemigos se puede ocultar la auténtica amistad. La vida y la obra reconciliadas en el verbo hecho carne.
Javier Estangüi Ortega