el factótum esteril
El factótum estéril
La constante irrequietud, así como el culto a la velocidad y la actividad que profesa nuestra época, ha dado como resultado un hombre cuyo deseo de ubicuidad hace que no esté en sitio alguno y cuyo comezón por la acción lleva a la multiplicación de problemas y desastres.
“Multiuso”,”multidisciplinar”, ”multiorgásmico”,etc son expresiones que oímos cada vez con más frecuencia y que enmascaran la realidad de que ese ser absorbido por la acción, llevado de aquí para allá de un quehacer a otro y que cree que la vida es una fruta a exprimir con la velocidad del rayo, es un hombre sitiado por los estímulos que lo envuelven y de los que él mismo se provee para camuflar su vacío, un esclavo emprendedor privado de cuanto libera al hombre de su estado servil: la contemplación, el silencio, la soledad. “La belleza-escribe un autor-es el dios detenido. Es ofrecer a los seres la hospitalidad del ocio y del silencio”.
Ese “multihombre” es, en realidad, un perezoso hiperactivo, que en lugar de actuar como resultado de una reflexión y un profundo conocimiento de sí y de la realidad, hace como el que trata de ocultar su ansiedad cambiando una y otra vez los jarrones y muebles de la casa en vez de cambiar de morada o, sencillamente, darse cuenta de su genuino estado.
Los gobiernos declaran que van a ayudar a los “emprendedores”, no se dice ni de qué ni para qué. Es el vocablo al que tienen derecho los rotulados de niños como “hiperactivos” cuando son mayores. Sabido es que se puede emprender una buena obra como emprender un crimen. De lo que se trata es de no parar, de ir de un sitio a otro y de una idea a otra para que la memoria sea cada vez más frágil, para que cada vez se desvanezca más lo vivido y todos nos muramos con el alma del recién nacido, porque ninguna experiencia ha tenido tiempo de acuñarnos, ningún afecto de imprimir su sello, ninguna lealtad, ni a objetos ni a personas nos ha retenido en la empresa más importante de nuestro tiempo y para la que todos trabajamos sin nómina: desertar de nosotros mismos.
Javier Estangüi Ortega