el poeta y el propagandista
El poeta y el propagandista
El propagandista es vocero y transmisor de quiénes ostentan el poder, su quehacer se dirige a la masa y opera, por decirlo así, de arriba hacia abajo. El poeta, sin embargo , aunque esté sólo y en esa soledad crezca el poema, necesita un pueblo: a él no le hablan las voces del poder sino la voz de sus antepasados y de los mitos y leyendas de su pueblo, así como las voces cegadas por el ruido que habitan en el corazón del hombre. Es la diferencia entre la palabra que se arroja y la palabra que brota. El primero se sirve de las palabras como medios, el segundo sirve a la palabra. El tiempo del propagandista es la actualidad, el tiempo del poeta es lo eterno en el hombre pese a que, claro está, sea éste un ser transitorio. El poeta no busca el poder sino la comunión. “Mi humanidad está en sentir que somos voces de una misma penuria”, escribe Borges.
En realidad en toda poesía subyace el anhelo de un tiempo mesiánico-tal y como lo entiende Robert Pawlik,”un tiempo en que la relación humana deje de estar regulada por la ley, las jerarquías y las relaciones de poder, y pasa a estarlo por el amor al prójimo”. Abolir los tabiques y los muros para reconocernos en lo que todos tenemos de común. La soledad del poderoso es el autoconfinamiento a que le ha llevado el recelo y la desconfianza. Una soledad que encarcela. La soledad del poeta es la soledad del hombre en medio del cosmos. Una soledad que abole las fronteras.
Frecuentemente se representa al poeta como un ser distraído, ensimismado, incapaz para los asuntos prácticos. Se olvida que la distracción del poeta no es una deserción sino un antídoto contra la reclusión a que nuestro mundo somete a la imaginación y la fantasía. El hombre absorbido por lo “actual”, por las urgencias del momento, sólo puede recobrarse” distrayéndose”, su “distracción” es ese momento de tránsito, el puente, que le permite traspasar el umbral y ver de otra forma. Freud recomendaba a los psicoanalistas una especie de atención flotante. Porque en ocasiones la realidad sólo se desvela cuando no deseamos apresarla ni convertirla en una fórmula, y porque nuestra civilización tan solo concibe la abstracción y el experimento para conocer, hemos de llamar “distracción” a esa liberación que nos permite ver la realidad sin estar uncidos a los reclamos y los miedos que, una y otra vez, pretenden alistarnos por completo.
Javier Estangüi Ortega .