Emily Dickinson
Cuando su padre recibía visitas ella corría escaleras arriba para hurtarse a la curiosidad y la conversación con las mismas. Y cuando abandonaban su casa bajaba rauda para contemplar alejarse a los visitantes a través de la ventana. Salía de casa tan solo para pasear con su perro por prados y arroyos. No padecía misantropía alguna, solo era una rosa sensible y delicada que temía ser quebrada ,y por eso se condenó a la soledad y se regaló la magnificencia de la naturaleza. Su poesía, de una delicadeza y una sensibilidad insuperables, nunca cede a lo recargado ni empalagoso, pues se había fraguado atravesando los abismos del alma. «A tu cita de luz acudirás-escribe de un ser amado muerto-, me duele sólo a mi/ que vadeo despacio este misterio/ atravesado por ti de un solo salto.» Y al regalar una flor a un ser amado dice de forma insuperablemente bella:»Por ti he privado de alimento a una mariposa». Lo menudo, lo grácil, lo insignificante en apariencia, lo más frágil; más también lo áspero, lo lacerante y lo trágico lo convertía en poesía porque pensaba que ya lo era.
¡Cuanto me hubiera gustado transtiemparme y conocerla!.No para escudriñarla ni inquirir por el secreto de su delicada y vigorosa sensibilidad, sino para embriagarme de luz como los animales que en invierno reposan al sol y con el se reponen de las heladas y el frio.
Javier Estangüi Ortega