las práticas del aturdimiento y las nuevas tecnologías
Las prácticas del aturdimiento y las nuevas tecnologías
En metros y autobuses, en aeropuertos, en las calles, en las tertulias de televisión, en las citas de amigos y de enamorados, en los pasillos de los institutos, incluso en las clases, de forma velada, clandestinos de la trivialidad y la frivolidad, dondequiera que uno vaya, el pitido de los teléfonos móviles o la consulta en silencio a éstos. Los Ipad y los ordenadores mucho más fieles que las parejas y más inseparables que éstas salvo que, claro está, el fallo técnico o la obsolescencia planificada o la moda nos insten a una nueva renovación de los artefactos para los que pagamos y de los que, finalmente somos trabajadores no remunerados para una de las empresas más importantes de hoy en día: la expulsión de la concentración y del silencio y, por tanto, la deserción de nosotros mismos. La consulta velada a los nuevos oráculos, la confusión de lo urgente con lo importante, el entubamiento perpetúo de los que confunden el saber con la información y la comunicación con el estar conectados son una de las señales más llamativas de esta llamada ,pretenciosamente,“era de las comunicaciones” donde, por cierto,- cada vez son más los seres humanos que se sienten solos-,y que acabará por reducir a los pueblos a la condición de espectadores, si es que no lo ha hecho ya y a las personas a contenedores de anuncios, eslóganes, ideas spray, titulares de periódico y frases hechas, en un proceso de paulatina pérdida de la sustancia humana donde la persona no será más que un ser descentrado y ansioso que buscará atiborrarse de estímulos para huir de su vacío interior.
Al principio, a muchos, con la llegada de los nuevos ídolos, les tomó la sorpresa y la indignación, luego una suerte de estupor resignado y finalmente, a medida que el smog psíquico se hizo extensivo, el contagio y la normalidad; incluso hasta la conversión y el apostolado. Hoy día la claudicación en la acción y en el pensamiento es reinterpretada como una aceptación de lo inevitable desde “es el futuro y no nos podemos oponer a él”,- fatalismo que ya quisiera para si la cultura musulmana-, al entusiasmo del nuevo converso quien con devoción infantil y eliminado ya el complejo de no ser actual, quedarse atrás, no haberse reciclado- como si los seres humanos fueran material desechable-, o pasar por retrógado–¡qué difícil oponerse al juicio común y a lo que casi todos hacen!-para ser aceptado y aceptarse a sí mismo elimina la disonancia cognitiva de su escepticismo anterior tachándola de prejuicio del que queda purificado mediante la inmersión en un curso de nuevas tecnologías, símbolo de su bautismo o, en algunos casos, abraza a las nuevas vacas sagradas como un poseído, en un fenómeno de regresión mental que recuerda el alma colectiva y la participación mística de las culturas ancestrales.
Porque como ya lo indicara Ivan Illich, uno de los pensadores más profundos de nuestro tiempo, la auténtica blasfemia hoy en día no estriba en insultar a Dios, sino en atreverse a criticar a los fetiches tecnológicos, con los que algunos tienen romances que ya quisieran para con ellos sus allegados.
Hay un cuadro de Hyeronimus Bosch en el que el pintor representa a los condenados en el infierno como si estuvieran encerrados en una bola de cristal opaca que les impide la posibilidad de cualquier comunicación con el mundo .Me parece a mi que la red que cada vez absorbe más nuestro tiempo es una de esas esferas de cristal, sólo que no nos resulta visible.
Y no se trata aquí de condenar en abstracto toda la tecnología. Siento ya el dardo dirigirse hacia mi en la objeción repetida una y otra vez que exclama entre ofendida e indignada:”¡Pero las llamadas nuevas tecnologías son neutrales, pueden ser bien o mal utilizadas y eso exclusivamente depende de nuestra voluntad”. Permitidme citar a dos autoridades en la materia. Uno es Mc Luhan que cada vez que escuchaba esto sentía que oía lo que el llamaba “la voz del sonambulismo actual”. Cada nuevo medio, pensaba, nos cambia sin que reparemos en ello y, añadía,: ”Nuestra respuesta convencional a todos los medios, en especial la idea de que lo que cuenta es cómo se los usa es una postura adormecida…El contenido de un medio es sólo el trozo de carne que lleva el ladrón para distraer al perro guardián de la mente”. Y así es, sea lo que sea el contenido del medio, el propio medio configura imperceptiblemente una nueva forma de relacionarnos con el mundo y de pensarnos a nosotros mismos(más adelante daré algunos ejemplos).
Uno de los pioneros de la inteligencia artificial Joseh Weizenbaum, opuesto a la introducción de ordenadores en la escuela, escribe lo siguiente:” Imaginémonos a dos presos. Uno se dirige al otro y le dice: ¿No sería acaso posible utilizar un ordenador de forma razonable y humana?”.El otro le responde :Si, pero no en un campo de concentración”.
El autor decía que si bien nuestro mundo no es un campo de concentración, se parece a un manicomio. Y en lo que se refiere a nuestro país el que a una generación no educada en el silencio, acostumbrada por la televisión a la zafiedad y la vulgaridad, donde se presume del desprecio a la cultura, que no lee ni se ha despertado en ella el amor por el saber-que no hay que identificar con la adquisición de destrezas-sea sumergida en los llamados multimedia es condenarla a la medianía y a la sequía espiritual y despojarla de lo que nos hace más humanos, que no es acumular juguetes para niños mayores, ni reunir dinero, sino preguntarnos por el sentido de nuestra existencia al que no podrá contestar ordenador alguno. Ni el crecimiento económico ni el mundo técnico crean un universo de sentido para el ser humano.
Y ahora trataré de centrarme en algunos aspectos que de forma manifiesta o subrepticia promueven las llamadas nuevas tecnologías. Comenzaré por lo que se refiera a nuestra capacidad de concentración y de pensamiento. La mayor parte de vosotros lo sabe o lo sospecha. En relación con esto os recomiendo el libro de Nicholas Carr cuyo título es :”Superficiales.¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?”.El mismo autor comenzó el libro por una confesión. Así dice de sí mismo después de haberse aficionado a las llamadas nuevas tecnologías: ”Durante los últimos años he tenido la incómoda sensación de que alguien, o algo, ha estado trasteando en mi cerebro…No pienso de la forma que solía pensar. Lo siento con mayor intensidad cuando leo. Solía ser muy fácil que me sumergiera en un libro o en un artículo largo…Eso ocurre pocas veces hoy. Ahora mi concentración comienza a disiparse después de una página o dos. Pierdo el sosiego y el hilo, empiezo a pensar qué otra cosa hacer…La lectura profunda que solía venir naturalmente se ha convertido en un esfuerzo…mi cerebro, comprendí, no estaba sólo disperso. Estaba hambriento. Exigía ser alimentado de la manera en que lo alimentaba la Red, y cuanto más comía más hambre tenía. Incluso cuando estaba alejado de mi ordenador, sentía ansias de mirar mi correo, hacer clic en vínculos, googlear…”.Docenas de estudios a cargo de psicólogos y neurobiólogos(podéis encontrar las referencias en el libro) apuntan a la misma conclusión: cuando nos conectamos a la Red, entramos en un entorno que fomenta una lectura somera, un pensamiento apresurado y distraído, superficial. Lo que vemos en las miradas embelesadas, en los ojos iluminados ante la pantalla es un cerebro devorado donde una distracción invita a otra distracción y así sucesivamente. Algunos autores creen que la Red por su mismo diseño no es otra cosa que “ un sistema de interrupción”. Un incensante bombardeo con estímulos que no hacen sino debilitar nuestra atención y nuestra memoria. Varios estudios recientes distribuyeron a estudiantes en un grupo de control y un grupo experimental: el primero tenía que leer un texto en un libro, el segundo lo leía en la Red con su sistema de hipervínculos. Pues bien el primer grupo comprendía más del texto y lo retenía mucho mejor en su memoria. Y hoy sabemos que nuestros cerebros no son rígidos sino que tienen una gran plasticidad y se retroalimentan con nuestras actividades de modo que al realizar una actividad, de alguna forma, lo configuramos. Y algunas de las consecuencias de una inteligencia adiestrada en la Red son: la dispersión de la atención, la incapacidad de discriminación entre factores relevantes e irrelevantes, los déficit de memoria y un estado de constante irrequietud y ansiedad. Una mente superficial tiende a vivir en un mundo homogéneo en donde falta la dimensión vertical de la profundidad. Y nosotros vivimos ya en ese mundo. Por eso mismo, lo sepamos o no nuestra realidad está más clausurada que la de un monje medieval. Cierto, ahora podemos viajar, podemos subirnos a aviones y recorrer la tierra, mas el mundo es tan solo para nosotros la superficie de la tierra, una pura extensión en el espacio y, en tanto que el mundo ha perdido la dimensión de lo hondo y de lo profundo, es decir, de lo vertical, nuestro mundo pese a la velocidad con que nos transportemos y nos enviemos mensajes, ha quedado reducido. Y ese es el infierno que pinta el cuadro de Bosch, cárceles que parecen transparentes simplemente porque no vemos sus barrotes.
¿Podríamos explicar a aquéllos que a todas horas, en cines y teatros , en conciertos, en las clases, incluso en los cementerios, echan mano del móvil ,como los pistoleros del oeste echaban mano de las pistolas, algo sobre la heterogeneidad del espacio?. Tal vez pudiéramos decirlos que las culturas vernáculas han distinguido siempre entre los espacios profanos y los espacios sagrados y, en éstos últimos, el ser humano estaba obligado precisamente a no poder hacer lo que le viniera en gana y eso mismo lo engrandecía. Y así ese mismo espacio se convertía en un espacio protector para el ser humano. Lo que tácitamente muestran quiénes han homogeneizado el espacio y ya no reconocen espacios en los que uno deba protegerse de sus caprichos y su egoísmo es la absoluta indiferencia y el absoluto desprecio por cuanto les rodea.
¿Podríamos explicar a quiénes cada vez más existen tan solo en la tecnoesfera y en universos artificiales que nuestra mente corre cada vez más el peligro de parecerse al ordenador y acabar siendo tan plana como la máquina que ya comienza a servirnos de modelo?. Fijaos la cantidad de palabras que tomadas del lenguaje de la máquina aplicamos a los seres vivos: así preguntamos a alguien cómo funciona su matrimonio, o le preguntamos si ha cambiado de chip, o si ha procesado la información. En la escuela hablamos de programaciones. Cuando la máquina se erige en modelo a través del cual se juzga a los seres humanos ¿caben otros criterios que no sean la eficacia y el rendimiento?. Criterios por cierto que son inhumanos-pues ahí no caben ni la belleza, ni la verdad, ni la libertad, ni el bien, y que amenazan con colonizar todas las esferas del hombre. La belleza-decía un escritor- es el Dios detenido”. La celebración de la vida donde está gana en plenitud y en profundidad, la celebración de la ternura que nada tiene que ver con el nervioso cliquear, la ventana al interior y al exterior en una sociedad de espejos.
Al final de su vida Ivan Ilich ,después de haber pasado casi toda su vida fuera de su país, se retiró a morir al mundo de su infancia y de su juventud. Dijo de sí que era uno de los últimos de los que se podría afirmar que habían abandonado el mundo-sabéis que vuestros mayores se referían a morir como abandonar el mundo-porque los que, tras el, murieran colonizados por el mundo virtual jamás podrían abandonar el mundo por la simple razón de que nunca habrían estado en él.
Voy a concluir con un poema de Antonio Machado.
“Llamó a mi corazón, un claro día,
Con un perfume de jazmín, el viento.
-A cambio de este aroma
Todo el aroma de tus rosas quiero.
-No tengo rosas; flores
En mi jardín no hay ya; todas han muerto.
Me llevaré los llantos de las fuentes.
Las hojas amarillas y los mustios pétalos.
Y el viento huyó…Mi corazón sangraba…
Alma, ¿qué has hecho de tu pobre huerto?.”.
He de deciros que me estremezco cada vez que lo oigo. Una nostalgia y una especie de arrepentimiento se apoderan de mi. La palabra cultura proviene de la agricultura porque la cultura sabe que los hombres no se fabrican. De ahí que el poeta se refiera al alma como huerto. Hemos de cultivar nuestro pobre huerto como hemos de cultivar los encuentros con otros seres humanos, esos encuentros que se salen de la Red y donde el otro tiene voz y rostro y nos mira y le miramos. Espero que este haya sido uno de ellos. Ivan Illich los llamaba celebraciones de la vida.
Javier Estangüi Ortega