sobre la soledad
Sobre la soledad
“Todo nacimiento es hijo de una separación”, dice maravillosamente Hans Blumenberg. Así es. El espacio protector en el que la madre alberga al nonato se convierte en tumba si éste demora su nacimiento y no lo abandona a tiempo. Los médicos han descubierto que el hombre no es un ser-arrojado-a-la-existencia, como lo describe Heidegger. El nonato no es expulsado sólo por las contracciones uterinas de la madre, sino que dentro de su ser late también el impulso a recorrer ese estrecho túnel que lo conduce hacia la luz. No se sufre el nacer, también se busca. Naturalmente a la dependencia del nacimiento, sigue la de la crianza; mas el espacio ya se ha ensanchado y se ha hecho más hondo y más elevado. Los niños se deleitan en los juegos con esos espacios conocidos que les brindan la máxima protección y seguridad y así trazan un círculo, saltan a su interior y exclaman:¡casa!, como si dentro de ese espacio protector fueran invulnerables a cualquier amenaza. Creo que los espacios simbólicos de los adultos se asemejan a esos espacios protectores de los niños con la salvedad, claro está, de que los límites de su círculo son mucho más extensos. Y así toda cultura y toda civilización configura un mundo y un universo de sentido donde, de forma misteriosa, los hombres se sienten protegidos del caos que amenaza con disolverlo todo.
El mito platónico del andrógino originario enfatiza nuestra descendencia de Poros y Penía ( Poros la capacidad de adquirir y Penía, la carencia, la aporía, lo que no tiene poros, como subraya Giovanni Reale),según la cual cada uno de nosotros estaría condenado a ser un ser incompleto y anhelante, siempre a la búsqueda de aquello que nos colma. El hombre sería un sím-bolo que no descansa hasta encontrar su otra mitad. Nuestra condición constitutiva sería la herida , incapaz de cicatrizar salvo en unión con su otro borde. La soledad sería aquí la conciencia de la falta de plenitud que portamos como seres escindidos. Una visión que, a fin de cuentas, condena a una mayor soledad a todos aquéllos que ya se sienten solos. Pues su estado es imputable al fracaso de no haber hallado su otra mitad, lo que convierte al sím-bolo en un “holos”( un todo).
A la soledad y la exaltación del amor así entendido que, a la postre nos lleva a la búsqueda de la Beatriz ideal cuando no a abrazar una sombra o un sueño , se añade la soledad de quien esta incomunicado con su interior y se experimenta como vacío. Jung habló de hasta qué punto nuestra cultura escinde al Si-mismo e incomunica a la persona, la máscara, con la sombra. Llamó pérdida del alma a esta situación donde el ser humano se estrecha y empobrece.
Por otra parte, la tecnoesfera rompe cada vez más nuestros vínculos con el mundo natural. ”Existimos como flores cortadas y puestas en un jarrón”, escribe Elliot. Y la dimensión de la altura de las esferas cristalinas, los ángeles y Dios mismo nos han sido amputadas. Ya no sentimos el vértigo de lo alto. De modo que fuera del mundo de lo humano y desterrados de él, no tenemos instancia alguna a la que referirnos.
El anhelo del amor colmado y del mundo como hogar tal vez hayan causado más soledad de la que pretendían evitar aunque hayan dado en el clavo al vislumbrar una fuerza esencial en el ser humano: la tendencia a la regresión y a la instauración de una plenitud, no se sabe si soñada o experimentada, de una condición reputada como original.
Todos nosotros nos negamos a aceptar que sean fuerzas ciegas las que operan en nuestra vida y creemos que ésta, por breve que sea, es parte de una obra o una composición, como las notas de una sinfonía. Traspasado este umbral están la desesperación o el cinismo y, más allá de ambos, la banalidad que, como magia negra, todo lo convierte en nada. Incluso la pregunta por la soledad y la tragedia.
Javier Estangüi Ortega