La enfermedad y la música
Decía Novalis que toda enfermedad era un problema musical.Así pues la curación no podría consistir, por expresarlo así, sino en un asunto de afinación. Sabemos que los dos primeros sentidos que despiertan en el nonato son el del tacto y el oído. El primero disipa toda incertidumbre y forja en nosotros el sentimiento cierto e irrefutable de estar vinculados con los otros y con la realidad. Sabemos como los enamorados enlazan las manos para afianzarse en sus sentimientos, darse aliento y disipar la incertidumbre. La aceptación definitiva e indubitable por parte del otro es consentir en ser tocado. Por contra el «noli me tangere» es siempre la expresión indignada de rechazo, indignación e incluso asco. El tacto está también vinculado con el actuar:»actúa con tacto» es una de los consejos que los mayores dispensan a quiénes corren el peligro de obrar precipitadamente y sin miramiento alguno. El escuchar es dejar que la palabra del otro,su hálito nos «toque»,entre en nosotros. La vista casi siempre está dirigida por cuanto nos interesa,mientras que el oido alberga y hospeda tanto lo afín como lo diverso y ajeno. Se ha contrapuesto la actividad de la vista a la pasividad del oido. Y sin embargo, creo que el oido y la escucha son mucho más activos de cuanto se cree: dan cabida a esa realidad cercana y mucho más abigarrada de lo que la vista es capaz ,casi siempre rehén de sus proyectos. Cuando escuchamos música o cuando escuchamos al otro, nuestro corazón se abre como una ventana antes clausurada y, por un momento, acoje y alberga cuanto nos es ajeno. La escucha es la posada del corazón.. Y la música de la curación es tacto y escucha. Un saber jamás olvidado por los buenos médicos.
Javier Estangüi Ortega