Hoy se llama reforma a la liquidación. (a los jueces dignos de tal nombre).
La impostura y el cinismo llevan ya tantos años anidando y ganando terreno entre nosotros que de limitarnos sin mas a reaccionar sin ser capaces de engendrar una vía real que nos libre de este marasmo, acabarán no sólo por esquilmarnos sino también por desfigurarnos o llevarnos a avergonzarnos de nosotros mismos por habernos refugiado tras el burladero de quiénes aparentemente nada se juegan en este macabro esperpento. El » quítate tu para que me ponga yo» sin mas , no hará sino seguir anestesiándonos o sumirnos más hondo aún en los pozos de la distracción enajenada, la queja estéril , el derrotismo, la apatía y la zafiedad.
Una tarea urgente, a mi juicio, es recuperar el lenguaje, despojarnos de los harapos mentales de esta insidiosa neolengua que nos venda los ojos, embota nuestra inteligencia y suplanta la realidad por un espejismo. La ayer denominada » reforma de la enseñanza» no ha sido en realidad sino su liquidación, como ya saben y sufren todos los maestros y profesores no intoxicados por ideologías ni propaganda alguna. Lo mismo sucederá con la » Reforma de la justicia»: en realidad un alibí diseñado a la medida de quiénes buscan desesperadamente parapetarse ante los tribunales para, en nombre de la igualdad y la justicia, gozar de impunidad por las fechorías cometidas y por cometer. Los cómplices de esa liquidación, algunos miembros de la cofradía de revolucionarios de pacotilla, cuya apariencia trata de ocultar el vestido de librea del lacayo tatuado en su interior, apelan para legitimar el atropello en ciernes a las diferencias de clases. » La mayor parte de los jueces proceden de clases altas», se despachaba tan campante uno de sus voceros. Y si fuera así, ¿Habría como corolario que suprimir las oposiciones y permitir a todo quisque que fuera juez aún cuando desconociera las leyes?. ¿ Por qué no hacemos lo mismo con los médicos o con los pilotos de avión, incluso con las sinecuras de niños de papá camuflados de revolucionarios?. Descoyuntar la prudencia y el sano juicio, reemplazar la ecuanimidad por el interés y la arbitrariedad, la razón por la demagogia y el populismo son rasgos inequívocos del déspota y el embaucador. En realidad llaman » Reforma de la justicia» a la conversión de jueces en vasallos, la elección de los mismos por los delincuentes, transformar la justicia en una pantomima, y que no exista tribunal alguno capaz de limitar sus desmanes. Un régimen a capricho. Sin juicio final .En el que hace mucho ya no creen, por razones obvias.
Javier Estangüi Ortega