Nacer

Para Heidegger nacer es ser- arrojado-al-mundo. Merced a los hermosos libros del médico-poeta Frédérick Leboyer sabemos que no es así. El aún nonato barrunta que de no nacer la morada protectora de la madre se convertirá en cárcel y, por último, en tumba. Así ,por propio impulso y auxiliado por las contracciones de aquella llega a coronar ; y el antes pequeño pez , arriba del elemento acuático a la atmósfera. Nacer y ser alumbrado, actividad- pasividad forman parte, pues, de un único proceso.

» Todo nacimiento es hijo de una separación» ,escribe Franz Blumenberg. Mas tampoco es así. El recién nacido inicia desde el comienzo una danza con su madre y con el mundo que se perpetuará de por vida. Una danza cuya polaridad será la relación proximidad- lejanía, como la que en ausencia de los seres se da con los recuerdos y los olvidos en la memoria. Acostumbrado a la oscuridad, deslumbrado al abrir los ojos, sufre ahora una quemazón que lo acompañará ,aún mitigada , con cada ulterior deslumbramiento: síntesis de asombro y ardentía.

Cercenado el cordón umbilical habrá de respirar por sus pulmones: también le quemará la primera inspiración, bocanada de fuego en sus frágiles pulmones , casi de cera. A partir de entonces su existencia no será sino una armonía entre lo donado por el mundo, inspiración, y lo entregado por su ser, expiración. Donación y expiración serán el bajo continuo de su vida hasta el último estertor. No poder aceptar ya la donación, eso es expirar, entregarse hasta el último hálito, la agonía. Cada nacimiento bautiza al mundo y teje la única obra inconclusa que culminará con el fin de la vida.

La palabra poética, fruto de una profunda inspiración, acoge por completo la donación del mundo y lo entrega, lo expira, en la palabra hecha canto.

Javier Estangüi Ortega

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