componer, producir, crear 6
Componer, producir, crear (6)
“Los filósofos hasta ahora se han limitado a transformar el mundo, la tarea, sin embargo, es conservarlo”. Así responde Carl Amery a una de las conocidas tesis de Marx sobre Feuerbach donde aquél reprocha a los filósofos el haberse limitado a interpretar el mundo sin propiciar su transformación.
Y es que, desde la llamada Revolución industrial, la tierra ha sido vista cada vez más, como un mero material en bruto que sólo los procesos técnicos han de dar forma. Una especie de moneda sin acuñar. La desacralización del mundo, la concepción del mecanicismo y la teoría del valor-trabajo, degradaron la realidad a mero suministro e identificaron la riqueza con el resultado de lo producido. El resultado ha venido a ser esa barbarie donde, en palabras de Antonio Machado, “todo necio confunde valor y precio”.
Es lógico que el énfasis puesto en la actividad productiva-buena parte de la cual es destrucción- hiciera resaltar aquéllos procesos de control vinculados con la actividad y el control consciente y voluntario del ser humano. Objetivos, metas, proyectos, estrategias, diseños, productos, costes, beneficios, eficacia y rendimiento son las palabras mágicas de esta visión del mundo. Visión que conduce a una tiranía mucho más cruel que en cualquier otra época, pues al no conocer ni el freno de la belleza ni el del espíritu, considerada una como mero juicio subjetivo y el otro como una mera palabra arcaica y vacía, se extiende como una enfermedad contagiosa a todos los ámbitos del ser humano para los que, además, la introducción de los criterios técnico-económicos los abocaría inexorablemente a la ruina. La identificación de lo valioso con lo útil y la degradación del ser a recurso son ya manifestaciones de barbarie. Pues una cultura que desprecia y expulsa el regalo, el don y lo gratuito, el crecimiento orgánico al margen de la intervención humana, lo que se da sin justificación ni esfuerzo, sólo puede recelar de la vida en si misma considerada, salvo cuando ésta sirva a un plan.
¿Y cómo no darse cuenta de lo desalmado de esta concepción tan triste de la realidad para la que las cosas en si mismas son fútiles-una nada o una materia prima-que necesitan de la redención de la técnica?.
La ancianidad, por ejemplo, es considerada un triste estorbo, al compararla con la edad juvenil, interpretada ésta como la edad que, al carecer de memoria y tradición, se presta a una adaptación y disponibilidad total comparada con las llamadas “rigideces de carácter” del adulto que se niega a ser sujeto de manipulación. Salvo, claro está, cuando el anciano se presta servilmente a imitar a los jóvenes renunciando a ser un arquetipo espiritual.
La imagen que hace justicia a esta civilización es la de una fachada decorada e impoluta que, en realidad, esconde un edificio en ruinas. O la de unos centros de planificación y control que no son sino manicomios donde todo esta permitido salvo decir, como en la conocida fábula, que el rey está desnudo. Y, por eso, cada vez nos costará más darnos cuenta de lo que nos sucede y, cada vez, incluso sospecharemos de la propia realidad al no poderla encajar en las ideas delirantes que nos gobiernan. Incluso de nosotros mismos. Ya hay quiénes ven como un obstáculo lo mejor de si mismos e interpretan como retraso cuanto en su interior aún se niega a rendir culto a este tiempo.
Javier Estangüi Ortega