El árbol de Navidad
Pueblos y ciudades compiten entre si para ver cual de ellos exhibe un árbol de Navidad más voluminoso y elevado. Aspiran a entrar en ese registro de estulticias que son los récord Guinness y, de paso, atraer a los buscadores de lo estrambótico, desertores de su hastio vital que, si no vivieran en perpetúa fuga de si mismos y lograran remansarse ,tal vez pudieran renacer y engendrar algo valioso y duradero. El humilde nacimiento del niño Jesús es representado ahora por la cifra y el gigantismo , como el árbol de la vida, convertido en el madero seco de la crucifixión , por un ensamblaje metálico. Piezas de mecano y estructuras sin parentesco alguno con lo vivo. Evocan a Disneylandia , una artificiosa recreación de juguete diseñada para incrementar las ventas, no al profundo misterio de la Natividad.El árbol es un puente vertical entre la tierra y el cielo, un mensajero. Sólo ante ellos, no ante tales estructuras metálicas, pudo Goethe escribir:»»Gris, amigo mío , es toda teoría, y verde el árbol de oro de la vida».
Hay un destierro doloroso:ser expulsado de la tierra natal. Mas también existe otro destierro, similar a una redención que es, en realidad un regreso al hogar: la del alma que contempla y no reconoce su ser más íntimo en artefacto alguno.
Javier Estangüi Ortega