historias que invitan a pensar 14
Historias que invitan a pensar (14)
En el libro séptimo de sus confesiones Rousseau describe como entró en el santuario de amor y belleza de una cortesana llamada Zulietta. Rousseau describe a la mujer con encendimiento:” La frescura de su carne, el brillo de su tez, la blancura de sus dientes, la suavidad de su aliento, la pulcritud de toda su persona…”.
En el momento en que, conturbado de emoción, estaba presto a desfallecer sobre uno de los senos de la muchacha que-según dice el mismo Rousseau-“parecía recibir por vez primera la boca y la mano de un hombre, observé que le faltaba un pezón”. Lo examinó con la mirada-, tal y como sigue describiendo-y vió que no estaba formado como el otro seno. Tal observación distrajo la mente y la perdió en elucubraciones. La encantadora muchacha se fue trocando en la mente del escritor en una especie de monstruo. Rousseau tuvo la estupidez,-según confiesa él mismo-,de contárselo . Ella “lo tomó a broma y, con su carácter bullicioso, dijo e hizo cosas capaces de hacerme morir de amor, pero como yo conservaba un fondo de inquietud, que no pude ocultarle, vi al fin encenderse su rostro, abrocharse de nuevo, levantarse y, sin decir palabra alguna, ir a asomarse a la ventana”. Rousseau entonces se acercó a la muchacha, ella se apartó de él y, paseándose por la estancia, abanico en mano y con tono frío, declaró:” Zanetto, lascia le donne e studia la matematica”.(Juanito, olvida a las mujeres y estudia matemáticas).
Rousseau que cantó la naturaleza al margen de las convenciones de los hombres, sin embargo, aquí sucumbió a la mente. A la dictadura de la simetría, del orden, de la medida. Al modo matemático de considerar la vida. Sin entender que la perfección de la vida tal vez se llame plenitud y no simetría ni forma anticipada.
La muchacha lo intuyó y veló su dolor mirando por la ventana. La ventana, la fuga de lo que se ha perdido y la lejanía de lo que aun no ha llegado y, tal vez, nunca advenga. La mirada que es capaz de ver sin anteojeras, que repara en lo maravilloso de la existencia sin cortar a ésta por un patrón. La mirada capaz de conmoverse y hasta salir de si misma porque sabe que mucho de lo que nos produce estupor, nos descoloca, o nos saca de quicio, finalmente, nos redime. La perfección de lo imperfecto que es lo que existe. Vivir sin temer a la vida.
Pobre Rousseau y pobre Zulietta, cuyos nombres son los nuestros. Nuestros miedos, nuestras angustias, nuestros desencuentros. Y el dolor como resto amargo de una celebración perdida, de una esperanza extinta.
“Muy fuerte tiene que ser en la tierra la tendencia a la unión, al enlace-escribe maravillosamente Ernst Jünger-, lo se por el dolor que me producen todos los contactos omitidos .Un dolor que permanece mucho tiempo. Mas aún, siempre.”
Javier Estangüi Ortega