historias que invitan a pensar 20
Historias que invitan a pensar (20)
“-Lowen, no está usted respirando.
Yo le repliqué.
-Claro que estoy respirando; si no me habría muerto.
A lo que él contestó:
-Su pecho no se mueve, toque el mío-
Le coloqué la mano en el pecho y observé que subía y bajaba a cada respiración, cosa que no ocurría con el mío.
Me tumbé de nuevo y volví a respirar, pero esta vez mi caja torácica se levantaba al inspirar y se hundía al expirar. No pasó nada. Mi respiración prosiguió fácil y profunda. Al cabo de algún tiempo, me dijo Reich:
-Incline hacia atrás la cabeza y abra completamente los ojos.
Lo hice así y de mi garganta salió un grito.”
Así describe el fundador de la Bioenergética una de las sesiones que tuvo con Reich. A partir de entonces sabemos que cuando no hacemos más que bloquear nuestras emociones más profundas no sólo se forma en torno al núcleo de nuestra personalidad una “coraza de carácter”, sino también una “coraza muscular”. Los grupos musculares que retienen las emociones se vuelven espásticos. El resultado es el cansancio crónico, la sensación de estar confinado dentro del propio ser, la anulación de la espontaneidad y la falta de “contacto”.Dieter Duhm dice que nuestra civilización es una civilización de asmáticos. Evitamos la respiración profunda, evitamos oxigenar por completo la sangre porque, según él, se manifestaría en nosotros la vida en una intensidad que tememos. Por eso nos hacemos los muertos como animales asustados. Por eso no respiramos ni dejamos respirar. Valente decía que puesto que la obra es fruto de la inspiración hay que dejarla respirar. De no hacerlo se encargan en buena medida los académicos.
Nos incomunicamos con nuestro ser más profundo y, en consecuencia, no podemos comunicarnos plenamente con los demás.
Las escenas idílicas, tachadas siempre de ingenuas, que describen la convivencia del lobo y del cordero, la serpiente y la paloma, no son sino alusiones a una existencia libre de angustia. La mano del niño los dibuja, uno junto a otro, apaciguados. El pensamiento del adulto sabe que no es así, mas también intuye en esos trazos que hay momentos donde la existencia no se revela amenazadora sino expansiva y cercana.
El grito en ocasiones es la emoción contenida, el demonio interior que se purifica al liberarse. En el discurso manido, en el lenguaje arecido, en la palabra hinchada de las academias, en aquéllos formalismos que no son sino camisas de fuerza, yace oculto el grito. Cierto, el lenguaje del poeta no es ni grito ni palote, pero menos aún lengua de hierro o de madera.
Javier Estangüi Ortega