suicidio ante el parlamento
Suicidio ante el parlamento
Un jubilado se acaba de suicidar ante el parlamento griego. La noticia será inmediatamente devorada por otras en ese tipo de censura actual que consiste en orillar lo esencial y saturar de trivialidades, o mezclar ambas cosas para que así se borre la diferencia entre lo sustancial y lo banal. En eso consiste la frivolidad en la que se educa, corrompe y recompensa hoy a los periodistas.
“El parlamento es el lugar en que el cordero es inmolado”, escribe Octavio Paz en un poema. El anciano lo sabía por experiencia propia. Sabía que “nuestros representantes” son artífices y cómplices de quiénes nos han arruinado, de quiénes han estafado a sus respectivos pueblos y han llamado “crisis” a esa monumental estafa; pues el mal, cuando adquiere proporciones descomunales se torna aparentemente irreal y desborda al hombre de tal manera que incluso pierde su gravedad para trocarse un espejismo o un mal sueño. A él, y esa es su suerte y su desgracia, no le habían podido acunar con las letras de propaganda al uso. Sabía que esos mismos hombres son los que hoy llaman levantiscos a sus pueblos porque no aceptan que sin responsabilidades, depuraciones, ni explicaciones por parte de nadie, se les quiera reducir al silencio y a la condición de costaleros de la ignominia. La irresponsabilidad de los que rompen escaparates puede ser filmada, pero no lo es la de quiénes en sus despachos y en secreto falsifican cuentas, destruyen documentos o evaden su dinero puesto que su conciencia hace ya tiempo que la han anestesiado por medio de esa misma ideología de mercado que les sirve de coartada y les exime.
Los psiquiatras de hoy diagnosticarán al anciano de “desequilibrado” o “desadaptado”, porque la adaptación, como el buen gusto, ya se sabe, consiste en no señalar la herida ni quejarse, en consumirse en silencio y apagarse para no ser un aguafiestas ni sobresaltar a los que se divierten o se aturden. ¿y por qué no rendirse a la evidencia y pagar los gastos de curación al mismo asaltante que nos acaba de herir en la calle y ahora actúa de médico en el hospital?.
¿Y por qué no seguir confiando en que aquéllos que han llevado a una nación a la quiebra económica y moral nos “eduquen en valores” y reconstruyan lo que han destruido?. ¡Qué economía de guerra doméstica!.¡Qué exigencia de flexibilidad al alma!. Si lo conseguimos no nos suicidaremos como el anciano griego, ni sufriremos malestar alguno, ni escandalizaremos más a nadie, porque ya estaremos muertos y necrosados por dentro.
Javier Estangüi Ortega