El auténtico negacionismo: la ceguera voluntaria.
La aguja busca ansiosa la vena y cerramos los ojos o giramos la cabeza hasta que pasa la escena. El horror causa angustia y evitamos esta, así nos lo enseña la psicología profunda, al precio de negar o no ver partes de la realidad. El precio por eludir la angustia es, pues, la ceguera ante lo real.
En nada difiere cualitativamente nuestra actitud ante la imagen de la hipodérmica a la de quiénes negaban o no querían ver la suerte corrida por los condenados al Gulag, los campos de concentración (no solo los de los nazis), la devastación y el genocidio causado por las bombas atómicas arrojadas en Hiroshima y Nagasaki, los presos de Guantánamo y tantas otras cámaras y sótanos de tortura de los que, por desgracia, no carece nuestro mundo.
Desde luego la conciencia de quiénes eran responsables de tamañas atrocidades siempre encontraba una justificación para las mismas: se trataba de eliminar a los saboteadores del inminente paraíso, de castigar a los usureros responsables de la crisis y a las razas inferiores, reducir , en un cálculo tan macabro como falso, el número de «bajas» que conllevaría la prolongación de la guerra o , en fin, luchar contra el terrorismo.
Con todo no se osó nunca llamar derechos a tales actos que, a falta de adjetivos, «claman al cielo». Nosotros, más sofisticados y voluntariamente ciegos ,incapaces de mantener abiertos ojos y oídos ante las vidas troceadas, desgarradas , perforadas , aspiradas a pedazos y arrojadas como coágulos sanguinolentos a un cubo similar a los de la basura, hemos convertido tamaña atrocidad , por un acto de magia negra, en una demostración de emancipación, libertad y derecho. Y vivimos con nuestras conciencias en paz , como aquellos habitantes cercanos a los crematorios por los que entraban hombres y de cuyas chimeneas salía expelido polvo y humo, y que luego declararon ni ver ni sospechar nada de aquello .Mas la ignorancia ya no es un alibí para nosotros porque podemos conocer aunque pagemos el precio de que nos de un vuelco el alma y se nos desgarre el corazón.
Y no se trata de culpar a las mujeres víctimas de tales engaños, tanto como los cómplices, quiénes hemos estado durante tanto tiempo dormidos por tantas palabras-anestesia. Hoy , repito,podemos conocer ,aunque no nos atrevamos a presenciar cuanto ocurre en lo que, se llamen como se llamen,no son sino sótanos del horror. Tenemos , entre otros, los preciosos testimonios de arrepentidos ,nuestros guías y maestros: el doctor Nathanson, Abby Johnson y el mas que conmovedor testimonio de la hoy rebautizada como María Himalaya. Ellos han estado en esos sótanos, han colaborado en la matanza de los inocentes ;pese a tantos alibís no han logrado anestesiar su conciencia y, finalmente, han dejado de ser ejecutivos y técnicos despiadados para convertirse en seres humanos. Son,lo repito, nuestros maestros.Hablan a corazón abierto.
Podemos negar el terror o enmascararlo ,como podemos negar la verdad, el bien y la belleza como hizo Pedro. Es una forma de destruir cuanto mejor hay en nosotros. ¿Pero acaso no forman ambas actitudes parte de lo mismo?.
Javier Estangüi Ortega