Gobiernolatría

Así como Lenin afirmaba que el imperialismo es la fase superior del capitalismo, hoy se puede afirmar que la gobiernolatría es la fase superior de la estadolatría.

Borges se burlaba de quiénes parecían creer que los hombres idearon el diccionario y , una vez existió este, pudieron finalmente hablar. La gobiernolatría identifica el gobierno con el estado fagocitando a este a la vez que piensa que los gobiernos y los estados existen antes que las sociedades . Tres son sus características esenciales:

-A pesar de que las Constituciones reconocen la soberanía de la nación,los pueblos o los ciudadanos, se apela al patriotismo constitucional para defender a aquélla, como si la Constitución precediera a la nación, como el diccionario al habla, y ésta debiera subordinarse a la primera.

-Si lo esencial y fundante de la nación es su constitución, los gobiernos pueden prescindir de la sociedad, su historia, sus tradiciones y costumbres, para tratar de modelar a aquélla a su imagen y semejanza , sin límite alguno. El que unos y otros litiguen sobre los diferentes «modelos de país» o «proyectos de país», muestra hasta que punto su concepción peca de soberbía y es totalitaria. Como si una nación no fuera el resultado del devenir histórico sino el resultado de una plantilla , una ecuación matemática o un molde mental de quienquiera que fuese.

-Esta concepción no sólo legitima que cualquier gobierno pueda disponer a su antojo del patrimonio de la nación:destruyéndolo, enajenándolo, malbaratándolo o descuidándolo, sino también el que , al invertirse las relaciones entre sociedad y gobierno, este último pueda decretar a su arbitrio cómo se han de educar los jóvenes e incluso retirar a los padres la tutela de sus hijos-en realidad requisarlos-, si no se avienen a cuanto los gobiernos consideran justo. «Los niños son del estado», afirmaba hace poco una ministra, queriendo decir que están sujetos a la voluntad del gobierno.

Y esta visión ,es la raíz de la llamada «ingeniería social». Tanto mas los gobiernos se llenan la boca apelando a la soberanía nacional y a la democracia, tanto menos creen en ellas . Actuan tratando a la población como una especie de barro amorfo o deforme necesitado de las manos del alfarero para que aquella cobre una forma adecuada: la de su ideología, su «modelo de país», o su «proyecto de país», es decir la aniquilación del pueblo, su conversión en masa. Así los buriles y cinceles son las legislaciones o decretos que, lejos de velar por un patrimonio o buscar el bien común, encajan a las naciones en los lechos de Procusto de quiénes no sólo las esquilman. Ante todo y sobre todo, este es su consenso tácito: las desprecian.

Javier Estangüi Ortega

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