anoche tuve un sueño
ANOCHE TUVE UN SUEÑO: EL INDEPENDENTISMO ALCANZABA SU MÁXIMA PLENITUD EN EL ESPACIO
Encendí el televisor. El cohete ya estaba puesto en el altar. Desde la lanzadera espacial de Cabo Cañaveral, estación con olor a Coca-Cola, retransmitían la emocionante puesta en órbita de los últimos ex-presidentes autonómicos y colaboradores cercanos. Los lanzamientos de galácticos (vete a hacer gárgaras en España; hermanamiento con el cosmos, cuando el mundo no es España), tendrían lugar hoy, según el diario Today.
Los nervios no nos dejaban parar. Un sentimiento de tensión y alegría y la conciencia de ser de otro modo nos embargaba. El mayor espectáculo del mundo iba a comenzar. Emoción y ansiedad se tocaban las tangentes. “¿A quién le toca hoy?”, preguntó a nadie en concreto un cincuentón con cara de buena persona, “a un sinsorge de un partido bisagra; un tal Más según parece”, “le echará de menos la familia”, “no creo; es uno de esos que cuando estás comiendo con él siempre echas en falta a alguien”, respondió un faraute que estaba al loro y tan dispuesto a intervenir como los EE.UU. Millones de bocas abiertas contemplaban de lejos el evento. Abrigado con un plumón, desde un atril de metacrilato, el discurseador oficial hacia los honores. “¡Descubrirse! ordenó una voz marcial que abría el homiliario. “El fin del hombre es Dios, y a Él tiende esta criatura. Acoge, pues, Señor en tu seno al réprobo que te mandamos, olvida lo que hizo, y llegado el momento del impulso mesiánico, que no se te tuerza. El Verbo le seguirá. Per secula seculorum”. La impecable plegaria dio la batuta a Lucas de Holanda, quien con singular acierto dirigió a la coral los “Remama Huevos”, declamadores provenientes del principado de Cataluña, que con buena modulación y transporte de notas interpretaron “loado sea el Señor”. Pese a la acústica del auditorio, sin galería de susurros que favoreciese la física del canto, la declamación nos hizo ver el futuro con mucho optimismo. Salvo los que son impotentes frente a la armonía, que por tener retraso en el crecimiento musical una mera nota les causa sarpullido, el resto del personal, ora aplaudía, ora daba vítores.
Hecho como uno de nosotros aunque por sus rasgos fisonómicos parecía Sabeo, sujetado del cuello por un artificiero-lapa que llevaba el sombrero a lo charrán, asomó la persona de destino. “Puesto que para ti ya nunca va a lucir el sol, tienes derecho a decir lo que quieras; tienes derecho a guardar silencio; tienes derecho a persignarte y tienes derecho a un helado; ¿lo tomas o lo dejas?”, preguntó un sayón de honda mirada (“mirar esa mirada”, apuntó la rapacería), luego de leerle la carta de privilegios. “¿Perqué em llanceu a léspai? (porqué me lanzáis al espacio)” objetó en su lengua prístina, mucho más sufrida por ser la usada en la Diada, “¡para quererte mejor!”, se escurrió con cachondeo el verdugo, “¡auxili, auxili!”, barbotó el interfecto con escasa consistencia, “¡mantén el tipo!”, animó una pantorrilla de la organización manos limpias. “Aquí el que no corre, vuela”, cayó en el chiste fácil el pijotero de turno.
“No sé on posar-me a redactar un dissentiment” (no sé dónde ponerme a redactar un dissentiment), observaba el precípite medio mareado, como si se hubiera atizado las obras completas del Terence Moix. Un perfecto caballero de voz clara y transparente, metió baza. “No te dejes nada en el tintero, amigo, que mira donde vas a ir a parar”, aventuró delatando con su mano un cohete sin timón. Se sentía tan acongojado que no tuvo tiempo ni para pensar en el dichoso Estatut. “El procedimiento ha perimido”, sancionó raudo el régulo de la base. “No son maneras”, lamentó un espíritu sano. Nadie se dio cuenta de que por aquél entonces ya padecíamos una crisis de valores. Privado del derecho a perorar, nada se oponía a la buena acogida que con total sinceridad y estelada en mano le dispensara la sección con corneta del Camp Nou, interprete para él de la alegre tonada “lágrimas negras”.
Su apellido con minúscula, el intemperante “y tú más”, que a tan buenas relaciones de vecindad había contribuido en el espacio del Parlament, no había lugar. Ni siquiera el tres per cent (tres por ciento) que ofrecía al cohetero dio resultado. La suerte estaba echada. Iba a descansar en el Señor. Se perdería irremisiblemente en la eternidad. Como las religiones, había vivido de herejías. Atribuía sus errores a una aberración entre las estrellas y la Mare de Déu de Monserrat (La Moreneta). “Cuando pasan de castaño oscuro, en términos de gestión, existe una reacción igual y en sentido contrario al desafuero”, afirmó Lunático el psiquiatra, que las cogía al vuelo. “Sr. Más, ¿quiere decir algo antes de chocar con el Altísimo?”, ofreció el polvorista que le custodiaba. “¡Me cago en Dios y en la Virgen Santa!”, gritó de forma estridente según le aproximaban a la lanzadera. Una patada en su natura, que desencadenó los aplausos de algunas criaturas enloquecidas, le puso en el buen juicio. Le encapsularon. “Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza”, sancionó el capellán.
“¿Velocidad de escape para no volver nunca más?”, “1/16 parsecs trinarios” (“Están tan atados al pesebre que cuesta Dios y ayuda ponerles en órbita”, interpoló un espontaneo). ¿”Malquerencia propulsora de elevación, descontada la pérdida de energía por fricción?”, “un billón de kilopondios de empuje, en sistema planetesimal”, “¿combustible para la ignición?”, “biogás en chorro supersónico”, “¿pasillo aéreo para las ninfas del culo?”, “despejado”. “¿Tiene bebibles y comestibles?”, “los suficientes”, “pues que apoye los dientes en el ronzal; comienza la retrocuenta”. “Tres, dos, uno, ¡piérdete!”. Con el pelo cortado al cero, el otrora mandatario arañaba la puerta, y quizás por simple aprensión, se quería bajar a medio partir jurando que era recuperable. Parece mentira la expresividad que ganan los políticos en el espacio. De cara a la galería, imitó su mujer el chasquido de un beso, declamó y se fue.
Como un ninot de falla, fuegos ignipotentes alumbraron los pies del artefacto, y éste, sin perder su fulgor, girando a la velocidad de Fred Astaire circunvaló la tierra describiendo una órbita elíptica a escasos años luz de distancia. Pronto el deseo de mirar se desvaneció. En España habían dado el paseíllo a tanta gente durante la guerra civil, que ya estábamos familiarizados con estas prácticas de prescindencia. Únicamente los niños sentían curiosidad. ¿Y qué hacen a los que no despegan?”, “les meten un cohete por el culo”, “¡como mola!”. “¿Y ya no vuelven?”, preguntaron al alimón Sordi Pujol y Mordi Pujol, gemelos de la Rambla. “A veces el cielo los devuelve como meteoros para que sigan puteando”. “¿Y no habrá otras ventanas, aparte de las de casa y las del universo, papi?“, “en la Comunidad de Madrid hay una ketecagas: la ventanilla única. Que no sirve para nada”, “ketecagas” dijo el chavalín, que era la horma de su zapato.
Fdº.: Muereteriendo sin Blanca de las Escépticas Maneras del Famoso Sol de España