Esperanza
Hay palabras tan ricas, tan hondas , tan cargadas de historia; palabras ante las cuáles uno alberga el temor a no poder mentarlas sin cometer un delito de impudicia. Salvo si , como es el caso, han sido casi desterradas por completo y apenas ya se las escucha. Entonces se convierte en un deber para quiénes las aman el tratar de repatriarlas.
Hume explicaba el origen de la religión apelando a las pasiones del miedo y la esperanza. Spinoza, por su parte , celebraba a los hombres exentos de temor y esperanza, emociones que, a juicio del filósofo, perturbaban el juicio de la razón. La divisa ¡»Sin esperanza y sin miedo!», se convirtió en una bandera enarbolada por no pocos, tan orgullosos tanto de su pretendida autonomía como de su valor para encarar los más peleagudos asuntos humanos. Mas la esperanza lejos de ser una rémora es cuanto hace humanos a ese «humus» del que procede el hombre. Roger Garaudy apelaba a ella como la gran «desfatalizadora» de la historia. Y también de nuestras vidas. No es un signo de impotencia de quiénes son incapaces de encararse con sus propias fuerzas ante las vicisitudes de la vida. Es, antes al contrario, la fuerza aún no extinta por el gigantismo de los poderes y técnicas que amenazan con anegarnos o reducirnos a engranajes.En la esperanza anida ya una realidad, y una posibilidad , no prevista ni sofocada por los poderosos ni por nosotros mismos. Es la que impide ,también en esta vida, el que se cierre el círculo fatal.
Hoy apenas ya la eligen los padres como nombre de sus hijas. Apenas se la escucha en las conversaciones. Tan orillada como necesaria en nuestro tiempo.
Javier Estangüi Ortega
Qué significativo que esta palabra se vaya diluyendo. Pero quizá por eso cuando se la menta resuena inmensa y tremenda.