el arte funerario

El arte funerario

 

Desde las estelas a las llamadas al caminante, desde los cenotafios a los “memorials”,el arte funerario ha sido expresión y continuidad del culto propiciado a los muertos. En los epitafios la escritura ha acompañado a la piedra , como la memoria de los muertos se ha tallado en el corazón de los vivos. Y de la misma forma que  el presente  une  pasado y porvenir, en las sociedades se enlazaban los vivos , los muertos y los aún nonatos.

El empleo creciente de la cremacion-que en otras culturas que creen en la inmortalidad es un rito purificador-, representa una cosa muy distinta en la nuestra: el deseo inconsciente de borrar las huellas de un crimen. Pues de la misma manera que el criminal se apresta con cuidado a no dejar huella alguna que pudiera delatarlo, nosotros nos apresuramos para hacer desaparecer a aquéllos a los que podríamos adeudar algo o serían molestos testigos de nuestras faltas. Hitler dio la orden de que lo quemaran tras su suicidio.El otro era imaginado como cazador que exhibiría la captura. El mar y el fuego han sido las tumbas de todos aquellos a los que se quería hacer desaparecer por completo sin dejar rastro alguno que pudiera convocar a los vivos..El otro era imaginado como acusador que señalaría con el dedo. En eso muchos estados han coincidido con los asesinos más conspicúos. La celeridad con que se recorre el camino que va del hospital al tanatorio y de éste al crematorio, es un signo de nuestro tiempo.Asimismo la rapidez con la que se insta a los familiares de un difunto a recuperar la llamada “normalidad” y abreviar el duelo. “La vida continua”, se repite una y otra vez.Sólo que esa vida que continua en ausencia de huellas y vestigios de los que se expolia al muerto-visto tan sólo como cadáver-,es una estrategia para matarlo por segunda vez. Esa vida empecinada a toda costa y al precio que sea en “superar el pasado” no puede ya saber a dónde se dirige, porque se ha privado sin saberlo de toda referencia tanto externa-tumbas, epitafios-, como interna. Y ya nadie ni nada la convoca, ni la advierte, ni la amonesta, ni la bendice.Libre de estar a solas con su propia inanidad.Sin memento mori.

                           Javier Estangüi Ortega

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *