Cleptocracia, trepocracia , bulocracia

Flamantes antropólogos doctorados por las más ilustres universidades para quiénes su disciplina es ya una rama de la robótica, la zombiótica y la entomologiá; deseosos de conocer otras sociedades; pues la tierra se les había quedado chica, decidieron aplicarse al estudio de sociedades de nuestro sistema solar. A tal fin eligieron de consuno a Marte. Espoleados por el aguijón de la curiosidad científica, esa mosca cojonera, y valiéndose de los descubrimientos y técnicas más modernas, se teletransportaron al susodicho planeta.Ha ya muchos años los astrónomos habían descubierto allí vida humana ( cuasi humana o sobrehumana ), pero nadie había descrito las costumbres de los marcianos. ¿ Falta de parné?.¿Temor a lo desconocido?. ¿Ambas cosas?.El caso es que por fin los antropólogos se encontraron en Marte. Les chocó que los marcianos hablaran los mismos idiomas que en la tierra. Y más aún el que antes de iniciar sus pesquisas les pidieran una buena untada , comisión aparte, y les exigieran firmar un contrato de confidencialidad según el cual se comprometían a no revelar nunca sus descubrimientos a los propios marcianos. Sólo los terrícolas, insistieron, podrán tener acceso a estos.

Y la verdad es que aquí leemos sus crónicas con la misma fruición con que leímos de adolescentes los apasionantes viajes de Gulliver. Por lo visto el régimen político de los marcianos es una suerte de tríada mágica de cleptocracía, trepocracia y bulocracia, al que nuestros antropólogos, poseídos por un celo académico- taxinómico, englobaron en una forma común denominada » golfocracia». Pues en Marte, por contra a nosotros, se opera, ya desde que los marcianos son niños, una selección inversa(claro está , según nuestros prejuicios y patrones terracéntricos). Así, al pimpollo que descuella en codicia, falta de escrúpulos ( allí llamada osadía y liberalidad), las mañas de la embaucación y las trolas , al crecer se le confía los puestos más importantes y las mejores soldadas, también en negro.

Gozan, como nosotros de un parlamento. Y se jactan día y noche de su » estado de derecho».¿ Y quién no presume hoy ,o sufre ,de un » estado de derecho» con sus respectivos códigos civiles y penales?. Tal parlamento no es sino un mercado persa: el chalaneo, el trapicheo y el regateo son allí moneda corriente.Ellos denominan a todo ese mercadeo » diálogo» y» negociación» , y se ponen bombásticos al emplear éstos términos.

Los marcianos son muy supersticiosos. Nosotros, civilizados terrícolas , sabemos desde hace mucho tiempo que la danza de la lluvia no causa la lluvia. Ellos, sin embargo han reemplazado al antiguo rayo de Zeus y a las diosas del destino por los » accidentes» y el » cambio climático». Un fantasma recorre Europa, escribió Marx en el Manifiesto Comunista. Ellos atribuyen todos sus males a dos, naturalmente aparecen y desaparecen a discreción, como todos los fantasmas: accidentes y cambio climático. He aquí los comodines y explicalotodo por antonomasia. Las inundaciones, los incendios, los resfriados, las insolaciones, e incluso, así lo sugieren los acólitos más acérrimos, el descarrilamiento de trenes. En Marte reina una suerte de bipartidismo con diferentes ramificaciones llamado » consensus martianus». Todos lo defienden: los hombres son libres por naturaleza, tal es su profesión de fé. Y todos se aprestan, ciudadanos ejemplares, a entregarse a las sesiones de hipnotismo colectivo de los » medios de comunicación», donde tantos hombres libres por naturaleza se sumen en un sueño profundo, sin chasquido de dedos para despertar, tragedias aparte.

En fin ,y para concluir de momento con esta crónica, nuestros ínclitos antropólogos han llegado a la conclusión de que tenemos mucho por aprender y estudiar de los marcianos. Siquiera sea para evitar sus desvaríos , pues no dan mucho tiempo de vida a tal sociedad antes de su derrumbe. Entre escombros materiales y morales no se vive muy bien. Nosotros, según pronostican quiénes allá estuvieron, , no correremos tal suerte. Y eso pese a que los negacionistas crean que cuanto llamamos lluvia ácida, e incluso lluvia de estrellas, no sea sino otra cosa nefanda que los depravados mandamases marcianos, vierten sobre nosotros partiéndose de risa.

. Javier Estangüi Ortega

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