A David Lafoz Gimeno ( in memorian)
David Lafoz Gimeno ha alzado la mano contra si mismo ahorcándose. Era un hombre de la tierra. Cometió el delito de los desesperados: irrumpió en la Alfarería subido en su tractor quizá exasperado por el terco desdén de quiénes querían convertirlo en invisible, almas plomizas, corazones pétreos , oídos tapiados; y en su arrebato se estampó contra el espeso muro de la inmisericordia de quiénes dicen servir al pueblo y realmente lo desprecian o lo ignoran, salvo para esquilmarlo o llamarlo a arrebato para cebar su modorra y bienestar , masajear su vanidad y prestarse cual lacayos a parlar la nueva neolengua como es debido, es decir con una faja en el cerebro y un corsé en el corazón. David Lafoz Gimeno recién había descubierto que, como escribió Cummings , » un político es un culo en el que se ha sentado todo el mundo salvo un hombre». El ha sido su propio verdugo pues no se puede arrebatar al hombre la libertad, mas otros muchos le han ayudado a consumar su fatídica acción. Detención, multas , inspecciones, supresión de ayudas, y ese estupor que se cierne siempre como una fatalidad sobre el hombre sencillo cuando se da de bruces con las trastiendas de los poderosos. No despertó conmiseración alguna pues irrumpió como un elefante en una empingorotada declamación teatral y se cargó el guión.
De corazón generoso fué a Valencia con su tractor a ayudar a las víctimas de las inundaciones. No era un botarate como quiénes viven de repetir idearios y consignas, o los lacayos que se aprestan a adecuar la ley a los caprichos de su amo. No vivió de hinojos, pues tenía mucho más que ambiciones: dignidad. De el apenas sabrá nadie.No será noticia. Condenado a un ostracismo también póstumo. Para el no hubo indulto, ni amnistía, ni indulgencia alguna. Eso queda reservado a los señoritos, a la cosa nostra y los endógamos de casta. » Fallece», » muere el joven agricultor» dicen hoy los periódicos pasando de puntillas sobre las causas de su destrozo como señoritas victorianas de pitiminí. A el y a los
suyos todo el peso de la ley, ya se sabe. El animal de presa que le zafó por el cuello hasta dejarle exánime y al que ,desesperado y rendido, se entregó .
Descanse en paz.
Javier Estangüi Ortega