Embriaguez penal

Sean cuáles sean las distintas ideologías, cualesquiera que sean las voces que escuchemos, en todas se advierte el mismo celo penal y la misma indignación por la «rebaja de las condenas a los delincuentes sexuales». Y ,como si de una subasta se tratara , todos se miran de reojo y pugnan ante el público por pujar mas alto en cuanto se refiere a las condenas a administrar . Así,la única crítica a este Neo-Perogrullo legal del «si es si», cuya tautología revela la talla intelectual -a ras de suelo-, de los nuevos aprendices de sátrapa, es que su incompetencia ha permitido la excarcelación prematura o la reducción penal a numerosos condenados. Raudos y siempre al acecho, los fariseos, príncipes de la oportunidad, se rasgan las vestiduras, no tienen empacho en exhibir a víctimas amedrentadas para ganar algunos votos, atizan el resentimiento , a la vez que buscan halagar y reforzar a esa opinión pública creada y alimentada por la propaganda de los falsamente llamados «medios de comunicación». De tal manera que la asistencia social, como escribió Michel Henry, queda muy por detrás de la «asistencia mental» a la que se nos somete cada día.

Es un tabú contra los ídolos de la tribu criticar esta ley ,no por cuanto repiten machaconamente unos y otros, sino porque más allá de los casos de abuso y violencia, siembra una desconfianza y un recelo que arruina a Eros en su manifestación más pura e ingenua. Pues a partir de ahora,como ya sucede en algunos campus universitarios de Estados Unidos, cada paso que el hombre de en el acercamiento a una mujer debe reclamar el asentimiento verbal de ésta. Los gestos,las miradas de complicidad, el lenguaje tácito ,manifestaciones de lo humano con los que se adorna tantas veces Eros, son ignorados por completo. Su enviado, ese niño travieso representado por el arte , es proscrito por los nuevos hijos del rencor quiénes oscilando entre la crispación y la zafiedad del hombre cuando imita al animal, desconocen la sutileza del juego. Será preciso recabar la presencia de un testigo o de un notario para verificar cada asentimiento y , de paso , certificar la defunción de Eros.

Tan solo resta desear que nuestras penas no sean tan patológicas como algunos de los execrables delitos a los que tratan de combatir.

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