sobre la corrupción

Sobre la corrupción

 

La corrupción económica que inunda nuestro país y que tan sólo fanáticos del régimen, políticos instalados en el cinismo, o periodistas subvencionados y contratados de por la mañana hasta la noche en programas en los que ofician de “todoparlantes”-al tiempo que, dicho sea de paso son generosamente recompensados por su irrenovable catálogo de matracas verbales, ideas spray y frases pegatina,- mientras no paran de aplaudir las disminuciones de los salarios para el resto de los mortales-, pueden considerar accidental; pues ya se sabe, nos recalcan una y otra vez, a coro, por si se nos olvida: “no todos los políticos son iguales”, “no se puede generalizar” y demás aspirinas para el alma de este mismo jaez. Esta corrupción económica, cuyo único accidente son algunos escasos restos de decencia que aún quedan, ha sido precedida y allanada por otras mucho más graves: la corrupción moral y la corrupción cultural.

Es como si se nos hubiera hecho creer que la salud es una quimera y hubiéramos de resignarnos a un estado habitual de postración y enfermedad, considerado como normal, hasta tal  punto  que nuestro sistema inmunológico se ha debilitado fatalmente. Así, el cinismo disfrazado de “política realista” o de posibilismo , ha tratado durante años de llevarnos a creer que tan sólo un alma de cántaro o un soñador podía esperar otra cosa de la política  más allá de la propaganda, la táctica y la estrategia para conservar el poder y enriquecerse o, al menos, asegurarse el futuro. Para que el pueblo se acostumbrara a la corrupción como algo habitual y se resignara, se le ha aplicado un proceso que los terapeutas llaman “desensibilización sistemática” y cuyo resultado ha dado los frutos que se pretendía: corromperlo. Lo sorprendente ya no son las promesas incumplidas, sino la “ingenuidad” de quiénes reclaman su cumplimiento y a los que se  mira con una sonrisa condescendiente. Lo sorprendente no es la falta de escrúpulos sino los principios que actúan de freno contra aquéllos y a los que se considera una rémora. Lo sorprendente no es que alguien falte a su palabra o se desdiga o niegue de forma flagrante los hechos, sino el que todavía existan seres realmente preocupados por la verdad aún a costa de su comodidad o de la cura de sueño a la que nos induce la propaganda. Lo sorprendente no es la extensión de la frivolidad y de la banalidad sino el que alguien quiera plantear asuntos esenciales aún al precio de arrostrar las consecuencias y saber que nos incomoda a todos.

En mayor o menor medida y, al margen del juicio que nos merezcan las personas, todos somos responsables de cuanto sucede en nuestra patria. Y debemos saber que una acción eficaz ha de ir precedida de un diagnóstico eficaz. Pasados ya más de cuarenta años desde la muerte del dictador hemos tenido tiempo de sobra de aprender las verdades del barquero de la España de hoy:

1) No gozamos de una democracia puesto que el sistema electoral no es representativo y , además, no existe división alguna de poderes. Al margen de la distinta calidad de las personas, la corrupción afecta a toda la clase política en tanto ésta se legitima por medio de una mentira o una percepción falsa de su propia realidad.

2) La corrupción económica va precedida por la corrupción moral y cultural. Por eso es tarea indispensable  recuperar nuestra tradición cultural y oponer a la dispersión del entretenimiento la concentración de la cultura.

3) Allí donde todo conspira hacia la molicie, la carrera personal, la disculpa de cualquier inmoralidad, y el conformismo como las únicas formas de no sentirse aislado, es preciso, para mantenernos en pie, mantener vivo el recuerdo de nuestros antepasados y pensar en lo que vamos a dejar a nuestros hijos. La dignidad es mucho más importante que la adaptación sin tropiezos , la promoción personal o la seguridad mental en la que nos cobijamos.

 

Javier Estangüi Ortega

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