La guerra y la cultura.
Una de las cosas más llamativas de la guerra que se libra en Ucrania ha sido la declaración de un joven de Kiev adicto a los videojuegos el cual, según sus propias palabras, no entendía cómo en la realidad de verdad del siglo veintiuno podían suceder cosas así. Confundía aquélla con ese mundo virtual al que estaba habituado en sus juegos donde los disparados y abatidos no gritan de dolor,ni sangran ,ni mueren.
En buena medida el intelectual europeo que no ha sufrido los estragos de la guerra civil española, ni de la segunda guerra mundial,ni ha estado bajo la férula de hierro del estalinismo, ha vivido, en mayor o menor medida, como ese adicto a los videojuegos. Ese invernadero tanto de una academia inclinada mas a politiquear ,a figurar y al medro, en detrimento de la auténtica vida consagrada al estudio, como ese sillón mullido del bienestar, asiento de tantos , han nutrido a un intelectual caracterizado mas por el diletantismo ,la ocurrencia y el ingenio, que por la profundidad. Un personaje presto a exhibirse en los medios en lugar de continuar estudiando cobijado por un humilde silencio , propenso a la vanidad mas que al sacrificio, a la corte mas que al desierto,para emplear palabras de Valente. A la deconstrucción más que a la creación, a coquetear con el hastio y el nihilismo mas que a la celebración de la vida, a la naúsea mas que al amor.
Quiénes padecieron los horrores de la guerra salieron inmunizados contra esos «brillantes»juegos de ideas cuyo efecto es mas deslumbrar que esclarecer. No pudieron dedicarse a deconstrucción alguna pues todo estaba en ruinas. No hicieron del escepticismo ni del cinismo pose alguna ,pues cuanto vivieron fue demasiado real como para obviarlo o para convertirlo en un juego,ni siquiera macabro. Sus vidas y sus obras son una guia para nosotros en este tiempo donde la frivolidad y la anestesia son las damas de compañía de la zafiedad y el embotamiento.
Filósofos y escritores de una calidad como jamás ha habido ya en Europa. Últimos exponentes de una academia aún digna de ese nombre y , fuera de ella, de unas vidas que nos dieron lo mejor de si mismas y alcanzaron a convertir, en una suerte de alquimia buena, las visicitudes, el horror y el sufrimiento en obras imperecederas.
Lejos de hacer de la necesidad virtud, tal vez esta crisis y las calamidades que llaman ya a nuestra puerta rasgen el velo de la impostura y hagan que pueda nacer milagrosamente entre nosotros, aún a pesar de sus inmediatos ascendientes, el biznieto de aquéllos. La sequía de la cultura, de la vida y de la inteligencia los espera como agua de mayo.
Javier Estangüi Ortega