El rostro-palimpsesto
Cerca del espigón,junto a la playa, hay un bar donde recalan para solazarse los visitantes de fin de semana, no como el situado junto al cuartel de la guardia civil,refugio de parroquianos del pueblo y más alejado del mar.
El primero, ignoro su nombre, quizá «Perla del mar», «Balcón del mar» o «Mirador del mar», como se adornan esos lugares consagrados a visitantes de paso cuyas cocinas expelen aromas de fritangas que por fortuna se mezclan con el aroma del mar. En la terraza,un saledizo sobre la arena de la playa, los dueños han distribuido una docena de mesas y sillas de plástico donde se puede comer, tomar un aperitivo y, sobre todo, contemplar el mar.
No reparé en el hasta que se sentó, al contrario de los demás clientes, de espaldas a aquél. Vestía una ropa gastada, gorra negra, camisa verde oscura, pantalón de pana ,también negro, y un chaquetón azul marino. Era sin duda un pescador. Lo contemplé con un detenimiento no exento de discreción para no importunarlo. Y fué entonces cuando descubrí aquel imponente rostro-palimpsesto tajado y sellado por el sol y el viento, tempestades y mareas, que poseía la gravedad del granito. Un rostro ante el cual los otros no eran sino ingrávidos esbozos. Un rostro a la altura de la magnificencia de aquel mar verdinegro que ruge al respirar. ¡Cuánta vida!¡Cuántas historias y laceraciones expresaba aquel rostro rico en singladuras,mas no estragado!. ¡Qué distinto al del resto y a las citadinas máscaras fementidas, ajenas a la tierra y al mar, masajeadas por lo muelle y lo banal, apenas esculpidas por el tiempo. Se trataba, desde luego, de un cliente inhabitual. Ignoro las razones por las cuáles estaba allí. Tal vez la Providencia o el destino nos quisiera mostrar algo esencial olvidado por nosotros. Ante ese rostro-palimpsesto se podía aprender de verdad el significado de los verbos ser y estar. Y ese rostro , rostro-aparición , revelaba un arcano:cuanto el mar hace de un hombre que se ha entregado a el, ha batallado con el ,y por eso lo ama.
Javier Estangüi Ortega
Cuán alejado el rostro tallado por la vida del frío y pluscuamperfecto careto transhumano. Metal, plástico, Obediente, sumiso, esclavo. Sin alma. Sin nada.