El libro
Hay para quiénes el libro no es sino un objeto para decorar muebles y dar el pego y otros que profesan a este una adoración rayana con el fetichismo. Lectores forzados, galeotes de las letras, que recorren estas sin placer alguno ,a machacamartillo , y lectores ávidos , alados, que mas que leer devoran, y pasan las páginas con la celeridad de un soplo de viento. También hay lectores serenos, reposados, que leen a paso lento , a ritmo discontinuo, pues en ocasiones, parecen detenerse en una página o una frase como si hubieran encallado en ella. Y resulta que es el deleite o la incomprensión las causas de ese alto en el camino. Hay lectores de ojos cansinos y de ojos luminosos, embelesados por cuanto leen. He visto a algunos , movidos por una frase o un párrafo, levantar la cabeza y cerrar los ojos como los enamorados en la cimera del beso. Incluso he sido testigo de cómo alguno, tras una lectura fecunda , agradecido, acercaba los labios tímidamente a la cubierta del libro recién leido. No en vano se habla de «sacar el jugo» a un libro en una imagen nutricional que recuerda el gozo con el que el niño apuraba su paloduz. Porque los libros son como los seres humanos, transpiran, huelen, blanquean o amarillean, llevan consigo la pátina del tiempo. Algunos parecen bollos recién hechos , otros están deshilachados, deshojados, pequeños templos de papel desvencijados, marcados por el óxido y la herrumbe de un papel que, en su vejez, se convierte en oro.
Hay fanáticos coleccionistas de libros, como cazadores siguen las huellas de intonsos, manuscritos, incunables o rarísimos ejemplares salidos de la imprenta de Aldo Manuzio cotizados a precio de diamante. También hay buscadores modestos , mas centrados en la sustancia de estos que en su rareza. Como los primeros se deleitan y envanecen cuando un título no reeditado ,perseguido durante mucho tiempo , es finalmente conseguido en una de esas librerías de lance en trance de desaparecer. Ahora se compra mucho a través de Internet. En Iberlibro y en Todocolección se anuncian librerías y particulares que desean deshacerse de alguna biblioteca , generalmente fruto de una herencia.
Hace no mucho un íntimo amigo compró en Todocolección un libro el cual, a juzgar por los lotes ofrecidos por la vendedora, supuso fruto de una herencia. Cuando llegó a casa y lo abrió reparó en un papel escondido entre sus páginas. Decía lo siguiente:» Este libro procede de la colección de mi querido padre recientemente fallecido. Espero que usted lo trate con el mismo amor y devoción con los que el trató siempre a sus libros. Por circunstancias que no vienen al caso he decidido vender parte de su biblioteca. Reciba un agradecido y cordial saludo.». La autora de la carta mencionó el nombre de su querido padre y el suyo propio. Y mi amigo, según me relató, como nadie lo observaba, besó el tan anhelado libro.
Javier Estangüi Ortega
Hay quienes leen (creen que leen) en diagonal y se jactan de ello; y lectores tan cautivados que con su sabrosa lectura enriquecen todavía más las grandes obras.