Deshelaba el corazón
Tenía el rostro corrugado , como el de los prematuros, labrado por los años, tajado por el cuchillo de los sufrimientos. Un rostro palimpsesto como los que a mí me gustan. No esos rostros viscosos, friables, masajeados por el bienestar, similares a máscaras esculpidas en cera.
Poseía el extraño arte de mendigar sin pedir. Menudo, enjuto, de unos sesenta, ojos negros pequeños y luminosos, ataviado con una gorra de antiguo gacetillero, impermeable azul, raídos pantalones de pana negros y botas salpicadas de agujeros, grietas y ronchones por las que asomaban unos gruesos calcetines. Sentado sobre un pequeño taburete a la puerta del supermercado, se incorporaba y se brindaba sin distingos para regresar el carro de la compra a quiénes no habían podido aparcar el automóvil junto al supermercado. No parecía afectarlo el que , en ocasiones, no le dieran ni las gracias. Y eso era todo. Eso y una de las sonrisas más hermosas que jamás he visto. Se sobreponía a la indiferencia y a las monedas.Debía de brotar de una arcana sima de gratitud y piedad para con los hombres. Una sonrisa de ángel mendigo , o de príncipe de un reino en trance de desaparición , que regalaba una bienvenida inesperada, sin pedir nada a cambio, a los otros mendigos satisfechos. Una sonrisa exenta de picardía, de ironía, de desconfianza , en aquel ser tan baqueteado por la vida. Un milagro sonriente. Una sonrisa que , a despecho del frío y el temporal de nieve, deshelaba el corazón.
. Javier Estangüi Ortega
Hace poco murió un mendigo que yo conocía… Se llamaba Emilio, como mi padre.
Se ponía a la puerta de una iglesia, e intercambiábamos oraciones por limosnas.
Espero que esté en el Cielo, y que se acuerde un poco de mis nietos..