La lección del venerable anciano
Edipo respondió certero al enigma de la esfinge. Supo identificar a ese ser que anda a gatas, luego se vale de dos piernas y, finalmente de tres.El último es el anciano con su bastón.
El venerable anciano entró en el parlamento apoyado en su bastón y en el hombro de un ujier. Escorado, desarbolado, lento, era la desnuda manifestación de la fragilidad y de la ausencia de autonomía. Se limitó a pronunciar un breve discurso . En ocasiones las palabras salían de su alma a paso de tortuga,otras veces parecía estar en trance de perder el hilo y ,finalmente, lograba siempre enhebrarlo ;a veces se detenía como si rebuscara en su mente la palabra precisa u olvidada. Su tono era calmo y sereno,lejos de estridencias, exento de ortopedias sintácticas y frases manidas. En realidad, propuesto para presidente, apenas exhibió programa alguno ni censuró con acidez a nadie. Parecía alelado y cansado al escuchar algunas réplicas. Mas cuando volvió a tomar la palabra supimos que, en realidad, se sentía asombrado y desazonado por la ausencia de modales exhibida. A la serenidad replicó desde el poder la zafiedad, la procacidad, el discurso monocorde, el impostado tono mitinero del arribista, la propaganda rastrera. Por su parte el anciano venerable, valoró la prudencia, exhortó a aquéllos a la cortesía y los buenos modales, rogó por evitar esa maligna dialéctica del amigo y enemigo, preludio de catástrofes. Entonces supimos que no traía consigo un programa ni una moción de censura, sino algo mucho más valioso:una lección de educación y de prudencia que su edad y sabiduría ofrecía como legado a otras generaciones . Era un vivo ejemplo moral. Y apoyado con su bastón en el suelo y su mano reposando en otro brazo se alejó dando otra lección: la lección olvidada y ahora desvelada de que, en la realidad más profunda, no somos ni autosuficientes ni autónomos y nunca lo seremos . Y al contemplar aquello sentí una inexplicable belleza y dignidad abriéndose paso con él en lo más hondo de nuestro corazón .
Javier Estangüi Ortega
Bellísimo texto. Gracias.
Ahora que estoy a punto de entrar en la ancianidad, me esmero y me entreno en tener dignidad en todos los sentidos, para que no se desvanezca cuando ya no sea tan fácil mi vida.
Practico con mi madre, para aprender en qué aspectos hay que tener cuidado. Aprendo mucho de ella… y espero que mis nietos puedan aprender de nosotras… creo que es una obligación hacerlo.
Sí, qué hermosa lección Pero también que hermosa forma de apreciarla y de escribirla.