(3)La madurez
Las edades de la vida no se suceden linealmente como gustaría a esa psicología llamada evolutiva. Mas bien se solapan y se integran entre si. El joven no mata al niño que fué, lo incorpora. Asimismo tampoco el adulto se deshace del joven y del niño que ha sido. En este sentido tiene razón Wordsworth cuando afirma que » el hombre es el hijo del niño». » Todos llevamos dentro un niño muerto, llorando», se lamentaba otro escritor. Sólo que el niño no ha muerto, ni muere nunca. El niño y el joven viven en el adulto si bien en un segundo plano, por decirlo así. Las edades de la vida son como capas tectónicas: unas forman la corteza visible, otras el núcleo invisible.
El Psicoanálisis menciona los mecanismos de defensa de la fijación y la regresión para referirse, bien a la detención y parálisis de la Psique respecto a una fase del desarrollo, bien al retroceso experimentado por la misma respecto a una fase ya superada. Se trata de un error. No se retrocede porque jamás se ha abandonado por completo cuanto se ha sido, simplemente se ha solapado y relegado al fondo del alma.
Omito los cambios biológicos ,y hasta cuanto refiere la Psicología evolutiva, para resaltar las dos cualidades que, a mi juicio, caracterizan la madurez: la disposición a trascenderse, plasmada en la preocupaciòn y el cuidado de los otros; y la consciencia de que por mucho que cada hombre haga en el transcurso de su vida ni con creces puede devolver cuanto ha recibido. El saldo vital, nuestro débito, por expresarlo así, siempre arroja un resultado favorable para todos quiénes nos han precedido. En nuestra civilización hemos venido al mundo a mesa puesta. » Este es un hombre que da por sentado que al pulsar el interruptor habrá luz», manifestaba irónicamente un filósofo al desagradecido quejicoso ante la menor adversidad, olvidadizo de cuanto debe al trabajo, esfuerzo y sacrificio de los demás.
La consagración a un oficio, el trabajo bien hecho, otorgan un sentido a la restitución de cuando se nos ha dado y hacen que el hombre se transcienda a si mismo. La falta de ocupación, las tareas estériles y degradantes, la explotación al trabajador, socavan profundamente este sentido y condenan al hombre a la inanidad , además de envilecer una de las acciones más nobles del ser humano. La utopía de las máquinas reemplazando al hombre es un relato de terror.
La madurez. La hora en la que el vuelo de la fantasía desciende a la tierra, encarna, y da fruto. Quién contempla descubre el mundo como templo. Quién labra la tierra, lo cuida.Es hora de fundar, cuidar y mantener.
. Javier Estangüi Ortega