(2).La mocedad
La roca se agrieta, el volcán entra en erupción. El joven Simbad que creía reposar en una isla, descubre estremecido que descansa sobre la espalda de un monstruo marino.
El adolescente está a caballo entre el niño y el hombre maduro. No es un eslabón ni puente alguno entre ambos, pues cada edad tiene en sí misma su razón de ser. El joven ha perdido la aureola del niño y no ha adquirido la templanza del adulto. Su propio cuerpo, a menudo desgarbado, manifiesta este hecho. Su belleza es fruto de la vitalidad, de lo no acabado, de la frescura del niño que aún no le ha abandonado. El mundo y su propia vida se le presentan como posibilidad y como incertidumbre. ¿ A qué se consagrará?. ¿ A quién amará y quién lo amará?¿ Quiénes serán sus amigos?. Eros ha irrumpido con vehemencia y al joven se le suelen abrir dos caminos que, en realidad por intensísima que sea su vivencia, le extravían del amor auténtico para el cual aún no está listo: la absoluta idealización del hombre o de la mujer y la cínica profanación del amor degradado a sexualidad , donde el cuerpo, fuente de gozo, es reducido a carne; mientras el alma finge ausentarse o vive anestesiada para tratar de escindirse del primero.
En realidad el » primer amor» cobra una importancia que permanecerá durante toda la vida. En primer lugar porque sin el amor, ya desvinculado de los padres y el mundo familiar, uno jamás se conoce a si mismo. En segundo lugar porque aunque el joven haga votos de eternidad, con el transpasa el umbral de una iniciación que, si es capaz de desprenderse de su narcisismo, culmina más tarde en un amor encarnado , con sus goces, limitaciones y honduras. » La vanidad huye. El amor excava», escribe magníficamente Gustave Thibon.
Las ideas, y sobre todo las ideologías, cobran una importancia para el joven desconocida para el niño. Las más de las veces se trata de andadores anímicos para tenerse en pié. La unilateralidad, la exaltación, el fanatismo, aherrojan y mutilan a muchos jóvenes de buenos y nobles sentimientos. En realidad son las corazas con las que se reviste la gran zozobra interior, el gran desasosiego y la gran angustia que, en no pocas ocasiones, les conducen a atentar contra si mismos.
Grandes aventuras, grandes hazañas, emular a los mejores,» creerse dignos de grandes empresas» ,eran, según Aristóteles, los anhelos de los jóvenes de su tiempo. El cristianismo alzó al Santo como arquetipo. Muchos jóvenes de hoy se consagran a ayudar a los menesterosos con auténtica entrega y vocación. Son nuestra esperanza encarnada. Otros, empujados por la propaganda y una sociedad que celebra a la juventud a la par que esclaviza, intoxica y aplasta a los jóvenes, se rinden, reniegan , desconocen lo mejor de si mismos para rebajarse a la condición de influencers, youtubers y añagazas de ese jaez. Se achican, se vacían, para hincharse de aire. Si la vida , más allá del éxito o fracaso social, les abre una puerta inaudita y próxima a la vez, quizá dejen de jugar al escondite con su ser más hondo y descubran el tesoro que portan.
Javier Estangüi Ortega