Las edades de la vida(1): La infancia.
» Todo nacimiento es hijo de una separación», escribe Hans Blumenberg. Mas esa separación tan solo es física. El niño no sólo no está escindido consigo mismo, sino que aún vive unido a un cordón umbilical psíquico del que no ha comenzado a separarse, como hará luego en la mocedad. El mundo del niño, salvo casos extremos, está colmado de evidencias rocosas. Todo es tal como aparece y todo está habitado por fuerzas mágicas. En él Psique y Soma no se han separado. Si rie , rie con todo su ser. Si llora, lo hace también con todo su ser. Como el animal, está siempre presente donde está, tanto si se trata de la realidad más inmediata como de las fantasías más disparatadas. El mundo, por decirlo así, lo reclama y lo absorbe por entero. De ahí que en innumerables ocasiones, embebido en el juego, permanezca sordo a las voces y requerimientos de los padres.
El niño, desde el nacimiento, es un ser aureolado. Irradia luz como todo ser no resquebrajado por la duda. «Si el sol dudara un momento se apagaría», escribió William Blake. Ellos, soles diminutos, no están carcomidos por la duda, no han sido expulsados del paraíso; pese a que, en ocasiones, puedan experimentar,¡ y con cuanta intensidad! , el desamparo y el abandono, que los destierra del mundo conocido , y cuya herida cicatriza rauda con la presencia de los seres queridos u objetos tótem que los evoquen.
Hay dos juegos infantiles que suscitan mi asombro: el juego del escondite y el del rescate. Dos juegos iniciáticos. A través del primero el niño aprende a ocultarse de la mirada de los otros. Cómo hará más tarde el joven y el adulto sin servirse de refugio alguno. Pues una vez formada la » coraza del carácter» no es preciso cobijarse tras objeto alguno. El juego del rescate, por su parte, lo inicia en esa dialéctica de preso y liberador que lo acompañará a lo largo de su vida.
Antes de sentirse extraño al contemplarse en el espejo, de descubrir la muerte, siquiera sea en metáfora del viaje, o de experimentar esa exaltación lacerante del » primer amor»; hay un momento en donde la infancia comienza a resquebrajarse y se produce una dolorosa e irrevocable escisión interna. Se trata de la primera mentira. Con ella se agrieta por vez primera el espíritu y comienza a traspasar el umbral , junto a lo anteriormente mencionado, que conducirá inexorablemente a la mocedad.
. Javier Estangüi Ortega